Resumen

Jiovanna Berlucci es una adolescente normal de catorce años. Eso si dejamos de contar con que es una bruja practicante de Wicca y convoca el poder de la Sacerdotisa Luna cada mes fielmente.

Sin embargo, un cambio extraño se produce en su vida cuando debe mudarse junto a su familia a una casa en los límites del bosque que rodea a Murmore, su ciudad natal. Ahí efectuará sus prácticas mágicas usuales, sobrellevando el pesar de tener a su madre luchando contra el cáncer, hasta que conoce a un joven asiático que afirma ser su vecino y al parecer se siente irremisiblemente atraído por ella, para su desconcierto.

Mientras ambos se conocen, en Murmore comienzan a surgir rumores que hacen gemir de temor a sus habitantes. Perros hasta el momento tomados por desaparecidos aparecen muertos y desangrados, gatos que nunca salían de sus casas son encontrados decapitados y gran cantidad de palomas son vistas en peores condiciones.

La incertidumbre y el miedo sólo van en aumento. ¿Habrá sido una criatura salvaje, más salvaje que cualquier otra, o un demente con fascinación por la muerte?


¡Atención!

Esta novela contiene lenguaje adulto -leáse palabrotas-, contenido homosexual explícito, drogas y rituales de magia. Si cualquiera de estos elementos disgusta a alguien -sea de la edad que sea- sepa que fue advertido y la decisión de leer es enteramente suya. Reclamos al respecto no serán tomados en cuenta.

domingo 16 de agosto de 2009

Capítulo 1: Luna llena

Ningún día extraordinario comienza extraordinariamente; es una especie de regla universal no escrita. Tal vez uno amanezca con la fuerte sensación de que algo va a pasar, sin saber qué o cómo, y debería permanecer en cama por el resto del día, refugiado por las inofensivas sábanas. Todas las personas lo han experimentado al menos una vez, pero en estos turbulentos tiempos modernos, en lo que se sabe que si no te mueves puedes quedar aplastado bajo camiones invisibles –en especial si se vive en una gran ciudad-, nadie les hace mucho caso a tales señales.

Ese día de febrero, en efecto, Jiovanna hubiera preferido continuar su ensueño en lugar de subirse al coche familiar en dirección a los límites del bosque lindante a Murmore. Pero, y hay que ser justos, no persuadida por terribles presentimientos si no porque se mantuvo despierta hasta muy tarde, leyendo acostada en el colchón dejado en el suelo de sus aposentos. La tarde anterior tanto su cama como la de su hermano y sus padres habían sido desarmadas, cargadas a un camión y conducidas al nuevo hogar de los Berlucci, al cual iban en esos momentos. La novela responsable de su cansancio –sólo en parte, porque el estado de ansiedad en que se sumiera desde que papá dijo “empaca tus cosas, nos vamos mañana” también tenía algo que ver- reposaba en el regazo de su dueña, sin que ésta dejara de entretenerse observando por la ventanilla la hilera de edificios que pasaban.

El vidrio estaba bajado hasta la mitad, por lo que eran su frente y cabellos negros en su coronilla los que recibían el viento que, a esa velocidad, se sentía helado. Esa era una sensación tan refrescante como un vaso de agua y habría podido quedarse dormida ahí mismo, de no ser porque deseaba ver el cambio de paredes de cemento a firmes árboles rodeados de naturaleza. A lo mejor así se convencía mejor de que estaba abandonando para siempre la que había sido su casa durante los catorce años de su vida.

-¿Ya llegamos? –preguntó Emerson, interrumpiendo el sonido apagado de guitarras que llegaba hasta el extremo donde se sentaba Jiovanna. Su hermano, de 17 años, difícilmente se separaba del MP4 que sostenía en su puño; era miembro de una banda donde tocaba la batería y fiel amante del rock más escandaloso –e incoherente, en opinión de Jiovanna, que no hallaba el sentido a tanto ruido causante de jaquecas.

El padre de ambos, John Berlucci, hacía de conductor, pero fue la madre la que echó un breve vistazo a la ventanilla a su lado antes de responder:

-No debería faltar mucho.

Lo dijo firme y distraídamente, como quien asegura que está lloviendo en un día en el que no pensaba salir de todos modos, pero se percibía además cierto agotamiento. Desde que comenzara las sesiones de quimioterapia hacía unas semanas atrás, resultaba evidente la mella que el hecho había logrado en sus fuerzas, no obstante su férrea voluntad y deseo de aparentar normalidad. La última sesión había sido anteayer y las ojeras presentes sólo vagamente a priori se había acentuado sobre el rostro sereno. De ella sabía Jiovanna que sacó la costumbre de sentir la caricia del viento, pero el vidrio se unía sin reparos en la parte superior de la puerta, sin duda por temor a que se le corriera la pañoleta que cubría su cráneo desnudo.

Como cada vez que hiciera notar su presencia de repente, Jiovanna tuvo el impulso de dirigirle una mirada de reojo para asegurarse de que todavía estaba ahí, mas pronto tornó su vista a la posición anterior, un tanto frustrada consigo misma. “Debo dejar de hacer eso”, se dijo con cierto sonrojo. “Por un segundo que no la vea no se va a morir”.

Contestada su duda, Emerson volvió a castigar sus tímpanos esbozando una irritada resignación. Con el sonido apagado de la música al máximo como fondo, continuaron el viaje.

Esa mañana se había mostrado fresca y soleada, del tipo que uno prefiere para salir a caminar, pero a medida que transcurría el tiempo el cielo se estaba volviendo más nublado y gris, lo que daba al ambiente un aire pesado cuando la familia detuvo el coche frente a su nueva casa. Inclinándose por el lado de su hermano, Jiovanna y aquel observaron la propiedad por primera vez. Al final de un camino de tierra se alzaban tres escalones que llevaban a la entrada de una casa rectangular de dos pisos, paredes blancas cuya pureza dejaban en claro la reciente mano de obra aplicada. Una amplia ventana dejaba ver la sala de la ahora desnuda planta inferior, y dos ventanas en el superior, separadas casi hasta los extremos presuntamente daban a los dormitorios. Detrás de los Berlucci estaba el camión de la mudanza y John fue presto a él para ayudar a descargar las cosas, mientras el resto de la familia permanecía parada cerca del automóvil.

Los ojos avellanados de Helena Berlucci, graves y suspicaces, inspeccionaron la fachada con expresión neutra, apretujando su delgada silueta envuelta en un chal verde pálido, como ansiando el abrazo confortable de las sábanas sobre el lecho. Últimamente era esa la cosa que más deseaba durante el día, lo que la llenaba de una secreta vergüenza, pero notó, aliviada, que en medio de la naturaleza apenas afectada por la presencia de los humanos esta sensación desvanecía, se volvía casi insignificante. La grandeza del verde que pisaba, la plenitud de los árboles altos, todo contribuía a un llamado a la paz. Aspiró profundamente ese aire puro que en tan pocas oportunidades había conocido en la ciudad: un feroz ataque de tos la atacó casi al punto.

-Emerson, apaga eso –ordenó ceñuda tapándose la boca para evitar el humo del cigarrillo que su hijo acababa de encender.

-Oh, lo siento –repuso el joven y se apartó unos pasos de la sensible nariz de su madre. Exhaló una nueva bocanada en dirección del camino pedregoso. Sus ojos oscuros, casi negros, enmarcados por gruesas pestañas se entrecerraron al contemplar el follaje infinito-. ¿Somos los únicos que viven por aquí?

-Por esta zona al menos –respondió su madre, ya recompuesta, siguiendo la dirección de su mirada con cierta satisfacción-. Aquí finalmente podremos tener una noche tranquila.

Eso a Emerson no le parecía. A él le gustaba vivir en la ciudad en medio del movimiento constante y oír el frecuente rugido de los automóviles despegando bajo su ventana durante la noche. Ahora, estando cercado por un silencio roto únicamente por los hombres de la mudanza y su padre, dudó que pudiera acostumbrarse. Sin embargo, se limitó a gruñir por lo bajo y sometió al cigarrillo bajo el peso de su zapatilla.

-A mí me agrada –opinó Jiovanna al lado de su madre, barriéndolo todo con su mirada fascinada.

La joven jamás se había sentido tan en presencia de la naturaleza en la ciudad, y olvidando su inquietud anterior, tal como intentara su madre, llenó sus pulmones del aroma húmedo pronosticando lluvia y al liberarlo su rostro parecía iluminado. Sí, pensaba la chica. Aquí sí hay verdadera magia.

Dos hombres estaban haciendo entrar en la casa un gran armario, mientras otro par los seguía llevando sendas cajas embaladas; éstas, a diferencia de cualquier otra, tenían tentáculos dibujados en cada una de las caras, que Jiovanna siguió con la mirada. Las líneas del marcados negro estaban torcidas debido a la rapidez con que se las hizo; Jiovanna no había logrado encontrar los materiales de geometría que permitiría hacerlos pulcramente, pero de todos cumplían su propósito: señalar que ahí se hallaban sus elementos esotéricos.

-Emerson, no te rompas la espalda ayudando tanto –dijo John Berlucci, socarrón, cargando otra caja sin más distinción que su contenido.

En respuesta Emerson giró los ojos y se encaminó resignado a la parte trasera del camión.

-Parece nuevo, ¿no es cierto? –comentó Helena a su hija refiriéndose a la casa.

-¿No lo es? –se sorprendió Jiovanna.

-No. Era propiedad de una señora que murió hace unos meses. La hija mandó a renovarla antes de ponerla en venta –lanzó un suspiro suave al viento, a la gente que renunciaba a las cosas buenas de la vida-. Lástima por ella. Este es un lindo lugar.

“Ubicación, ubicación, ubicación” se dijo Jiovanna cabeceando en de acuerdo. De pronto deseó expresar su duda sobre si la vieja acaso no había muerto dentro de la casa, pero se contuvo a último momento. Prefería averiguarlo por sí misma, a través de sus sentidos, de las paredes y el suelo. Quizá, si tenía suerte, descubriría el espíritu que jamás se fue.

En la sala de estar Jiovanna vio los muebles que la anterior dueña no había vendido cubiertos por telas blancas. Parada en el centro, la joven trató de percibir algo. A muchos les servía tener los ojos cerrados y la mente abierta, pero a ella le resultaba mantener la vista fija en un punto cualquiera, abstrayéndose lo suficiente para recibir le energía del entorno en que estuviera. Sin embargo esto no aseguraba nada; a veces su intuición se volvía elocuente y otras simplemente quedaba muda. Recordó que hace unos días no podía estar cerca de la cama de su madre sin advertir una leve amargura oprimiéndole el ánimo como un grueso abrigo, y se concentró en atraer algo parecido.

En la sala había habido vida, una antigua vida que ya no estaba, y un lejano dolor en el pecho, probablemente emocional. No estaba segura de que estaba captando las señales de la muerte, pero al cabo determinó que no estaba ante la presencia de nada sobrenatural. No todavía al menos.


-Mierda –masculló decepcionada.

A sus espaldas los hombres de la mudanza descendían por las escaleras en dirección a la puerta. Por hoy su trabajo había concluido. Abrir las cajas, acomodarlas y limpiar, a partir de ese día, iba a ser tarea de cada Berlucci. Momentos más tarde Jiovanna oyó el motor del camión encendiéndose y el consiguiente crujido de la tierra bajo el giro de las ruedas. Luego silencio.

-¿Podemos pedir pizza?

Emerson bajaba las escaleras tras su padre padeciendo apetito y alivio a partes iguales. John volteó hacia su hija y su esposa, que estaba saliendo de la cocina por ahora inútil pues no les instalarían el gas ni el teléfono hasta mañana. En presencia de la luz artificial, la oscura tez de la mujer parecía brillar, como si sudara, y su semblante mucho más marchito que a la luz opaca del exterior. Continuaba sin haber sol que iluminara la ventana y las nubes todavía estaban ahí afuera, amenazantes pero pasivas. Estaban cerca del anochecer y la hora habitual de la cena.

-¿Tienes crédito en el celular? –preguntó Helena a su hijo, que asintió-. Entonces pide dos pizzas a algún sitio. Yo también tengo hambre.

Mientras aguardaba a que llegara la comida, Jiovanna se encargaba de desempacar, antes que la ropa, lo que guardaban las cajas marcadas con estrellas. La primera a la que echó mano tenía hasta el tope lleno de libros referentes a diferentes temas; astrología, mitología, ángeles, la magia de los colores, Wicca, cantos a la diosa. No obstante su mano fue directa a la pequeña agenda plateada dispuesta encima de todo. La había conseguido hacía unos meses y junto a cada día del año se especificaba la fase de la luna en ese tiempo. Gracias a ella supo que esa noche, si las nubes lo permitían, el cielo ostentaría una gran perla perfectamente redonda.

De otra caja sacó a continuación una brújula, una caja alargada y un pequeño cuaderno pintado de negro y forrado en plástico, para que durara más tiempo. Poner las manos sobre estos elementos era acariciar el umbral de la magia que había estado cultivando desde hace casi un año y esta sensación se hacía más patente si dejaba la palma descansar sobre la caja alargada. Para ella era como experimentar un ligero mareo, un casi amable tambaleo de sus sentidos y su conciencia. A veces la llamaba su caja de Pandora.

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El humo danzó sobre el cilindro de cenizas como una víbora encantada y se deshizo en nubes inciertas cuando el hombre estremeció el cigarrillo. La cabeza, liberada del gris, desprendía de nuevo su brillo anaranjado. La posición indolente del hombre, apoyada la espalda contra un árbol, se veía desmentida por la gravedad plasmada en su rostro. El fumar sólo le estaba dejando un mínimo alivio.

-Con suerte va a llover toda la noche –comentó su acompañante desde el suelo, donde estaba sentado de piernas cruzadas.

El hombre revisó su reloj de muñeca.

-Sólo son las nueve. No sabes qué va a pasar.

“Tú tampoco” le comunicó el otro sin separar los labios. No esperó respuesta y no la hubo. En el aire se perdieron más serpientes de humo mientras miraba la noche, a las nubes densas que disfrazaban los astros.

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En los días más recientes, salir tambaleante de un club nocturno se había convertido en algo habitual en la vida de Taylor Godwin. La chica risueña bajo su brazo, por otra parte, era una verdadera novedad, tanto, que no recordó qué hacía ahí. Lejos de las luces negras y cerca de una farola en la esquina, Taylor aprovechó para echarle una mirada de reojo. Por supuesto, no era un hombre moreno de ojos chispeantes, pero tampoco resultaba despreciable. Era más baja que él, rellenita en general, y pecosa.

Un flequillo rojo como tinta de lapiceras caía constantemente sobre su ojo derecho, casi tapándolo, para ser apartado en seguida por las blancas manos de ella hasta detrás de una oreja. Su tez tenía una blancura tal que podría compararse con la leche y los pequeños puntos formaban un conglomerado de minúsculos cereales sobre la pequeña nariz aguileña.

El escote de la blusa azul manifestaba que también había pecas cerca del pecho casi plano, hundiéndose en la línea media hasta quién sabe dónde. Las botas negras de tacón alto daban la ilusión de una femenina elegancia, que al instante se veía opacada por la minifalda cortada más de una mano entera arriba de las rodillas. Taylor se encontró asediado por la duda acerca de su edad.

“Le has invitado una cerveza” le recordó su parte más realista, que parecía cobrar mayor claridad cuando se emborrachaba, lo que sucedía muy seguido. Y como siempre que la oía, Taylor no tuvo más opción que asentir por la verdad que era. Era demasiado tarde para preocuparse por detalles de esa índole y, además, por la forma en que ella lo guiaba sólo el más ingenuo diría que era la primera vez que realizaba esa tarea.

-¿Adónde me llevas? –preguntó percatándose de que casi balbuceaba.

Sin embargo ella le entendió perfectamente.

-A la parte trasera del club –contestó con una sonrisa en lo absoluto afectada. ¿Era la voz de una mujer bajita y rellena o de una menor de estatura normal y rellena? -. ¿No habías dicho que te gustaría ir conmigo?

Taylor sabía lo que la gente solía hacer en la parte trasera del club, pero no recordaba habérselo mencionado a esa chica. Trató de sacar entre los escombros de sus pensamientos el nombre de ésta y no le sorprendió el descubrir su fracaso.

Detrás del establecimiento, que ya rozaba el antiguo bosque, se extendía un rectángulo amplio de cemento donde el dueño estacionaba su vehículo y dejaba los contenedores de basura junto a la pared. Una mera bombilla sobre estos últimos era lo único que los separaba de la oscuridad insondable entre los árboles, a la cual lo condujo la joven sin vacilar. Taylor vio las nubes marchitas sobre su cabeza y deseó que al cielo no se le ocurriera llorar mientras estuviera con la chica. No necesitaba, para colmo, pescar un resfriado. Los números digitales de su reloj indicaban las 1:30.

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Después de la cena Jiovanna recogió las cosas que había desempacado antes que nada y las mantuvo contra su pecho mientras subía por la escalera hacia la terraza. Los escalones de madera no se vieron sometidas a la mano de obra encargada de la renovación y a cada paso emitían leves crujidos que, lejos de ser perturbadores, daban la tranquilidad que da hallarse ante algo familiar y querido. Parecido era calzarse unos viejos zapatos que, aunque ajados, seguían teniendo su lugar en el armario. Todavía tenía puestos las zapatillas, los jeans deslavados y la camiseta roja que llevara durante toda la tarde; ya que esta última prenda carecía de mangas, los vellos de sus brazos se le erizaron al advertir la corriente de aire frío que la recibió al final del trayecto. No obstante no buscó abrigo –como sus padres habrían ordenado- y en su lugar quiso encender el foco sobre la puerta que había atravesado; éste lo hizo con un parpadeo agónico, demostrando que no lo habían cambiado hace tiempo.

El espacio para moverse no era mayor que el de su habitación, pero sería suficiente para lo que pretendía. Por el lado izquierdo de la casa se extendía una alfombra de tejas color granizo, y por el derecho, bordeando los bordes sin tejas, se alzaba una cerca de hierro lo bastante alta para evitar una caída accidental. Jiovanna dejó el cuaderno negro y la brújula en el suelo, abrió la caja alargada y sacó una corta espada cuyo mango de metal pintado de dorado y plata encajaba bien en su palma.

El hermano mellizo de la varita mágica tradicional: el confiable athame. Lo había comprado con su propio dinero en un bazar, y según el dibujo sobre su recipiente, era un elemento meramente decorativo, por ende, tan peligroso como un cuchillo para untar la mantequilla. Esto le servía a Jiovanna porque de todos modos ningún athame debía ser usado para cortar nada en el plano materia y sí para dirigir la energía. A la hora de bendecirlo, Jiovanna, siguiendo los consejos de un libro, lo había dejado en el marco de su ventana durante una noche de luna llena hasta el amanecer y luego pasado tres veces sobre una barra de sahumerio encendido para acabar con influencias negativas. Sabía que también podría haber ido a ese mismo bosque, tomar una rama recta y larga y volverla su varita, pero le gustaba lo que la espada en su mano significaba; no sólo magia, si no un orgullo antiguo, casi místico, lucha y victoria. Con él se sentía una guerrera lista a superar cualquier obstáculo que osara ponérsele en frente.

No lo usaba demasiado por temor a que un pensamiento fugaz –o ese temor solo- influyera en el resultado de la magia. Cientos de veces se decía que era imposible invocar cosas que no fueran llamadas, pero a la vez se recomendaba, y con especial énfasis, completa serenidad al practicar los rituales. Jiovanna procuró tomar aire y expulsarlo cinco veces antes de proceder.

Luego miró el cielo y sonrió porque ahí arriba, en lo más alto, la luna le devolvió el gesto en todo su blanco esplendor. Aquel era el trono de la señora de las brujas, la fuente de poder de la que la joven se disponía a beber igual que la noche anterior y las dos que le precedieron. Después de hoy, volvería a hacerlo mañana y dos noches más, completando así el ritual.

Incluso aunque no pretendiera usar tal poder para ningún fin específico, el hecho de poseerlo le agradaba, le otorgaba una sensación de seguridad semejante a la de tener un as bajo la manga. Se sentó en el suelo y cruzando las piernas junto los párpados; ahora la noche era su vista apagada. Mientras lo hacía la emoción estremecía su corazón, avivando la energía de los latidos, pero volvió a respirar e inhalar bien hondo con el fin de serenarse. Lentamente comenzó a notar su mente más centrada y clara. Estaba lista.

Trasn ubicar la dirección del norte con la brújula, dirigió el thame hacia aquel punto apuntando hacia abajo. Debiendo inclinarse, recogió el cuaderno y en la primera página encontró la invocación precisa. La primera de su cosecha.

-En esa noche de luna llena un círculo de poder será mi puente entre el mundo material y lo que no tiene forma. Sea este un centro de poder y luz, de sabiduría y paz, repeliendo de esta manera cualquier influencia negativa. Ven, guardián del este, y presta tu conocimiento. Ven, guardián del sur, y concédeme tu valor. Ven, guardián del oeste, y purifica este camino a umbrales más allá de la tierra. Ven, guardián del norte, y permite que esta empresa tenga éxito. Hagan de custodios para esta consagración, en el nombre del Señor y la Señora. Yo te conjuro, círculo de poder –Llegada a este punto, Jiovanna dio fin a su murmullo y notó que había regresado al norte por tercera vez, tras visualizarse trazando una línea de plata a su paso en el sentido de las agujas del reloj.

Satisfecha alzó la aguda punta. Esta vez no consultó el cuaderno pues sabía la frase de memoria.

-Desde lo más alto –volteó la espalda, haciendo que señalara el suelo- hasta lo más profundo, este círculo ha sido sellado.

Y por lo que respectaba a Jiovanna, así estaba hecho. Dirigió otra vez su mirada hacia la luna y, casi inconscientemente, inclinó la cabeza en señal de respeto. Si hubiera sabido interpretar la posición del astro, habría deducido que eran pasadas la medianoche.

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La chica pelirroja, con sus mejillas redondeadas, sus pecas en el pecho y ojos brillantes como una botella de cerveza tenía una sonrisa formada por dos lazos delgados pintados de carmín, un gesto picaresco a un paso de convertirse en una risita. Tiraba sin requerir grandes esfuerzos de la muñeca de Taylor, internándoos a ambos aun más en el bosque. Atontado y todo, Taylor se daba cuenta de cuánta inquietud le generaban esas oscuras sombras a su alrededor y el abrazo del aire convirtiendo su piel en la de una gallina. Hacía unos momentos habían abandonado el foco del club y que sus pies caminaban sobre la alfombra de la naturaleza. De vez en cuando uno de los dos pisaba una ramita olvidada y el sonido resultante no le gustaba en lo más mínimo. Sin embargo esto no era todo lo que sus sentidos percibían y ello contribuía a su sumisión. De aquí y allá llegaban leves murmullos, suaves risas y pasos traviesos, como si los rodearan una tanda de ninfas escapando de las celosas hadas, divertidas porque sabían que ni siquiera deberían estar ahí. Había algo de casi místico porque estuvieran en todas partes y ninguna se dejara ver.

¿Cuántos de ellos tendrían padres que los esperaran en el salón de casa, al lado del teléfono –se preguntó Taylor-, angustiados porque no tenían idea de que se metían mano en el bosque? ¿Cuántos se habían drogado, emborrachado o inyectado algo? ¿Cuántos se darían cuenta de que, aun así, continuaban siendo un montón de miserables? ¿Dónde comenzaría su miseria? ¿En las calificaciones en picada hacia el centro de la tierra, en el jefe que mira el escote y nunca los ojos o en que su ideal de la vida había sufrido una horrible sacudida? La noche era el refugio perfecto para todas ellas y sus travesuras, mientras no tuvieran que contestar esas preguntas.

La gran mayoría de los alcohólicos bebe porque no tiene nada mejor que hacer. Fumar y drogarse debían ser lo mismo. Todo sea por evitar el total aburrimiento. De alguna manera sonaba mejor contemplar el techo porque la sinapsis es imposible, en lugar de hacerlo porque sabes que no quieres moverte. A saber para quién.

A Taylor eso le sonaba deprimente e injusto, aunque no podría especificar el motivo. Sólo se estaba divirtiendo, ¿cierto?

Llegaron a un claro inundado por la luz de la luna, cercado por altos árboles entre los que se veía sólo más oscuridad.

-Aquí –dijo la pelirroja –Lily, Mimi, ¿Billie?- y se colgó de su cuello para besarlo.

Sin dejar de pronunciarse sobre sus labios, ella volvió a conducirlo, esta vez hacia atrás, hasta que la espalda de Taylor dio contra la superficie áspera de un árbol, y entonces apoyó su peso contra él. Taylor la rodeó por el ancho talle y le subió la blusa para entrar en contacto con la cálida porción de humanidad debajo. Ahora ella se había convertido en otra ninfa pero no permitiría que ninguna hada la intimidara. Estaba divirtiéndose a su modo, y por lo que a Taylor concernía, tenía todo el derecho.

La mano de ella viajó hacia la cremallera en sus pantalones y la bajó. Para Taylor ese siseo –ssssip- fue como si abrieran una puerta de repente mientras se hallaba drogado; sintió una punzada de culpa.

-Sabes que no sé tu nombre, ¿cierto? –dijo sin detenerse a pensar en la ofensa que eso podría entrañar.

No obstante sus pantalones siguieron un camino de descenso sin su ayuda.

-Nunca te lo he dicho –repuso ella tranquilamente y emitió una risita-. Eres adorable.

Entonces volvió a besarlo, apasionadamente, acariciando su rostro como si le agradeciera su amabilidad al recordar que era una extraña. “Ni siquiera sé su nombre”, pensó Taylor borracho, borracho de una placidez que alarmada a su parte más racional.

Ella inició una lenta caricia sobre el miembro bajo la ropa interior, deslizando la palma de arriba abajo a la vez que sus dedos hábiles ejercían presión en la parte más baja. Sin dudas a sabiendas, con este juego eliminó de Taylor todo rastro de razón, a las ninfas y posibles vouyeristas para concentrar todo en él hacia la excitación que lo arrolló como una brisa llameante, llevándole hasta el extremo de la hoguera y hacia el deseo de sumergirse en ella.

La dulce pelirroja lo sabía, ¿cierto? Sabía por qué ya no quería ver a Emerson Berlucci, su mejor amigo desde la infancia, por qué la inconsciencia tenía un sabor tan apetecible y amargo en su espíritu y que tan profundos eran los ecos del remordimiento. Pelirroja inonmbrable, encenderé todas las velas en el alta de tu menudo y pecoso cuerpo devotamente si haces que no piense en él por esta noche. En el panteón de los dioses que lo logaron, siempre puede sumarse una más.

Ella le empujó un poco, suavemente, hacia un costado, separándolo del árbol. Taylor estaba descubriendo mediante el tacto la forma en que los pequeños pechos lechosos cabían en su mano. Un nudo se había instalado en su bajo vientre y se tensaba, picaba en los testículos. ¿Por qué las mujeres disfrutaban jugar a la tentación más que los hombres?

-Te va a gustar –aseguró ella, risueña, y su voz prometía el silencio del sacerdote y quizá su bendición.

El agua bendita en su lengua trazó una línea por su cuello.

-¿Ah, sí?

Y en ese momento, a un empellón más de la pelirroja, Taylor tropezó con una roca en el suelo. Le dolió aterrizar sobre un matorral con las piernas desnudas. Descolocado, vio a la chica retroceder un paso.

La oscuridad era envolvente en el punto donde había aterrizado, pero no tuvo dificultades para distinguir las facciones de la chica bajo la luz de la luna. Primero le dio la impresión de que lucía tan desconcertada como él. El par de arcos casi invisibles de sus cejas casi se juntaban en un expresivo beso sobre los ojos que observaron algo en el suelo y permanecieron ahí por lo que pareció una eternidad. Finalmente su rostro asumió cierto temor y retrocedió otro paso.

Taylor bajó la mirada. Su pie tapaba en parte la piedra responsable de su caída. Sólo que no era una piedra como cualquier otra y poseía un brillo como de sedoso cabello negro. Dobló la rodilla, alejándose del objeto extraño. El corazón reavivó su cabalgata aun antes de verlo por completo.

Dos ojos huecos, de color casi dorado, aparecieron a la vista junto a una hilera de dientes amarillentos, entre los que se asomaba una lengua olvidada. Debajo del hocico no había absolutamente nada. Taylor comprendió, sin tener idea de cómo, que estaba contemplando la cabeza cercenada de un perro.

El consiguiente chillido de la pelirroja fue lo que aniquiló sus ganas más que nada.

No, ningún día extraordinario empieza extraordinariamente. Los elementos que los componen se deslizan sobre el escenario como buenos profesionales hsta sus lugares correspondientes en la obra y desde ahí, sólo desde ahí, cumplen sin fallo su papel. Aunque a esas alturas de la noche Jiovanna yacía dormida en su cama, acabado el ritual, el lector puede estar seguro de que Taylor Godwin no despertó esa mañana esperando verse rodeado por caras anónimas asustadas y curiosas en el bosque, con los pantalones todavía abajo y frente a lo que antes fue un perro con la vista ahora eternamente clavada en el infinito.

También puede estar seguro de que esa noche no se presentó ninguna lluvia.

sábado 2 de mayo de 2009

Prefacio

Marta Linnor puede decir con tranquilidad que ha sido una hija modelo.

Si bien nunca comprendió las supersticiones en las que su madre creía fielmente y sería mentira afirmar que no sintió vergüenza cada vez que ésta imponía sus manos sobre cada cosa nueva que entraba en la casa murmurando cánticos incomprensibles, impregnándolas del aroma de sus mil y doce inciensos, cuando se enteró de que había sufrido un ataque al corazón no dudó en empacar sus maletas, despedirse de sus hijas y de su esposo en Florida, para llegar a Murmore, donde había sido criada y su madre vivía tranquilamente.

Había sido un auténtico milagro que una vecina decidiera pasar por la vieja casa al borde del bosque, buscando su tirada mensual de cartas, y descubriera el cuerpo gimiente de la vieja señora sobre la alfombra de la sala. Aunque Marta sintió la tentación de torcer los labios más de una vez mientras esa misma señora afirmaba, pagada de sí misma, que todo había sido cosa del destino, estaba bastante agradecida con ella por haber llamado a urgencias inmediatamente.
Un ataque al corazón, por supuesto. Desde que recibiera la noción de que una esbelta figura equivalía a belleza, Marta había deplorado la negativa de su madre a llevar una dieta balanceada, siempre argumentando que sus ángeles y hadas se encargarían de protegerla de cualquier mal, y el resultado se tradujo en una cuenta de hospital que, si su madre hubiera visto, quizá le hubiera dado otro infarto. La operación salió bien, pero al fin y al cabo ya era una mujer mayor y los doctores recomendaron tenerla vigilada por un tiempo antes de darle de alta.

Marta había tenido la firme intención de quedarse con ella hasta el anochecer y leerle sus novelas favoritas, comentarle nimiedades de sus nietos para entretenerla, y lo hubiera cumplido de no ser porque a los labios de su madre jamás faltaban las mismas palabras incoherentes. Hablaba de una visión que había tenido momentos antes del ataque –causándole el ataque, decía-, en la que había habido monstruos rondando su casa, sedientos de sangre, y una familia de negros mancillada. No especificaba qué quería decir “mancillada”, pero eso no era lo que importaba a la sensibilidad de una mujer moderna como Marta; era el hecho de no se podía decir negro sin ser negro, todo mundo lo sabía. Pero su madre nunca había querido abandonar las viejas costumbres.

Y cada vez que tenía oídos prestos, no cesaba de repetir esto, preguntándole además si no había visto negros últimamente cerca de su casa, y si así era, los apartara de su hogar. Esto era escandaloso en más de un sentido porque nunca antes había dado muestras de racismo. Cuando Obama se postuló a la presidencia Marta recordaba claramente haberle oído decir a través del teléfono: “al fin tenemos alguien con cerebro”. Y ahora se aliviaba indeciblemente cuando le respondía que no había habido ningún hombre afroamericano en los alrededores del hogar.

No comprendía semejante cambio. A lo mejor tantos años de creer en hadas dejaban en evidencia lo que ella siempre había sabido y nunca se había atrevido siquiera pensar: que a su madre le faltaba un tornillo. No era agradable tomarlo en cuenta en esos momentos, resultaba penoso, pero no se podía sacar otra conclusión, en especial tras ver cómo se empecinaba el chasquear los dedos cinco veces en el aire formando una estrella cada vez que aparecía una enfermera, como un sacerdote bendiciendo al pecador. Tampoco lo era ver a las enfermeras y notar la resignación en sus miradas; para ellas, su madre siempre había estado loca de cualquier modo.

Y ella era la hija devota que soportaba sus charlas con estoicismo y se disculpaba con una sonrisa por sus excentricidades ante desconocidos. Ese era el papel que interpretaba con valentía, según entendió por la actitud de los doctores, y acabó por creérselo. Quizá era en el fondo lo que creyó desde el inicio, pero sólo podía admitirlo a través de terceros. Así que llegó un punto en que simplemente dejó de oír sus locas teorías y la miraba con sonrisa condescendiente mientras las exponía, pensando para sí en que se estaba perdiendo sus reuniones de lectura y que debería coser una camisa de su hija mayor cuando regresara.

Por último, una mañana de sábado, Marta se dirigió resueltamente al cuarto 297, pero encontró la cama que ocupara su madre vacía. Alarmada, le preguntó a una enfermera qué había sucedido con ella y ésta respondió, bajando la cabeza: “hicimos todo lo que pudimos”.

Un segundo ataque, por supuesto. Los médicos dijeron que había sido por una gran carga de tensión. No era sorpresa; cualquiera que le hubiera visto en esos días habría creído que la vida se le iba en su afán de averiguar el destino de una familia de negros, se veía en la manera en que se desorbitaban sus ojos, en que sus manos temblaban como de terror perpetuo en su regazo. No fue si no hasta después del funeral que Marta pensó que, en efecto, había sido miedo lo que mató a su madre y lloró durante muchas horas lamentando que hubiera muerto aterrorizada por fantasmas.

Fantasmas negros, para colmo.

Tal vez hubiera pensado diferente si hubiera conocido al hombre que compró su casa, pero para entonces ella estaba en Florida, buscando en Internet un resumen del libro que debería estar leyendo. Fue su agente de inmuebles el que estrechó la mano oscura de John Berlucci, entregándole las llaves de la propiedad.